El Bluetooth es de esas cosas que parece que deberían funcionar sin pensar, pero cuando te pones a conectar cosas, te das cuenta de que es un desastre ordenado. No es magia, es un protocolo con sus reglas, y cuando las ignoras, todo se va al traste.
Lo primero es entender que «emparejar» y «conectar» no son lo mismo. Emparejar es como intercambiar números de teléfono una vez, se guarda en la memoria de ambos. Conectar es hacer la llamada cada vez que quieres usar el dispositivo. Si después del emparejamiento no se conecta automáticamente, no es (siempre) un fallo. A veces tienes que ir a la lista de dispositivos guardados y darle tú al «Conectar».
El problema gordo suele ser el contexto invisible. No es sólo encender Bluetooth en los dos dispositivos. Es el modo avión, que lo mata todo. Es la configuración de «detección de dispositivos», que en Windows por defecto está en «Predeterminada» y puede no mostrar tu dispositivo; a veces hay que ponerla en «Avanzada». Es un interruptor físico en el lateral de un portátil que nadie recuerda. O la batería baja del periférico, que hace que se comporte de forma errática.
La gente subestima la interferencia. Funciona en la banda de los 2.4 GHz, el mismo vertedero de radio donde está el Wi-Fi, el mando de la puerta del garaje y el microondas. Si tienes el router Wi-Fi a 30 cm del ordenador, no te extrañen los cortes en los auriculares. La solución no es sofisticada: aleja los dispositivos o apaga lo que no uses.
Cuando algo falla, la secuencia de resolución tiene un 90% de efectividad y casi nadie la sigue completa:
- Reiniciar el Bluetooth en ambos dispositivos (apagar/encender).
- Olvidar el dispositivo en el teléfono/ordenador *y* borrar el teléfono/ordenador de la memoria del dispositivo (sobre todo crucial en coches).
- Reiniciar físicamente ambos aparatos.
- Intentar el emparejamiento desde cero de nuevo.
Si sigue sin ir, el culpable habitual en Windows es el controlador. El Administrador de dispositivos no es una reliquia del pasado; ahí se ve si el adaptador Bluetooth tiene un triángulo amarillo. Actualizarlo desde ahí mismo suele funcionar, pero a veces toca ir a la web del fabricante del ordenador (no de Intel o Realtek) y bajar el paquete específico. En móviles, una solución nuclear pero útil es borrar la caché de la aplicación Bluetooth desde Ajustes > Aplicaciones.
Hay matices por ecosistema. Android (sobre todo las capas de personalización de Samsung, Xiaomi, etc.) puede tener menús ligeramente distintos, pero el flujo es el mismo. En iPhone, es más sencillo pero también más opaco: si no aparece, toca asegurarse de que el accesorio esté en «modo emparejamiento», algo que suele implicar mantener un botón pulsado hasta que un LED parpadee de forma distinta. La «Vinculación rápida» de Google, o el «Emparejamiento rápido» de Windows, son comodidades que ahorran pasos cuando funcionan, pero cuando no, hay que saltárselas y hacer el proceso manual.
Al final, conectar por Bluetooth es un ritual de precisión con apariencia de caos. Requiere que ambas partes estén en el mismo estado mental (modo emparejamiento), en un entorno decente (sin interferencias brutales) y que no guarden rencores de conexiones pasadas (borrar dispositivos). Hacerlo bien no es suerte, es seguir los pasos que el protocolo exige, aunque la interfaz intente ocultártelos.