La gente usa Google como si fuera su farmacéutico de cabecera, pero sin la bata blanca. Te duele algo, te sale un grano raro o te empieza un picor y lo primero es abrir el navegador. Es más rápido que bajar a la farmacia y no te cobran por la consulta. El problema es que ese mostrador digital está lleno de información que cualquiera puede poner, desde el vecino del quinto hasta una revista que vende humo . Y claro, uno se fía porque sale en la primera página, y si está en Google debe ser verdad, ¿no? Pues no.
El famoso «1 de cada 3» que te jode la tarde. Hay estudios que han mirado esto y los datos asustan. Solo uno de cada tres acierta cuando busca sus síntomas por su cuenta . O sea, que la mayoría de las veces te estás equivocando. Y eso en el mejor de los casos. Lo malo no es solo fallar, es lo que viene después. Te lees lo primero que encuentras y ya te ves en lo peor. Luego resulta que era gases, pero tú ya has pasado la tarde mirando vídeos de operaciones y leyendo foros de gente con enfermedades raras.
La diferencia entre informarse y automedicarse es un abismo. Una cosa es que busques para qué sirve el paracetamol o cada cuánto te lo puedes tomar. Eso es de sentido común. Otra cosa es que te duela la tripa y decidas que necesitas un antibiótico porque lo viste en un foro . Ahí es donde la liamos. Y no solo pasa con pastillas. Hay gente que deja tratamientos porque leyó que «lo natural es mejor» o que las vacunas no sirven . Luego vienen los rebrotes de enfermedades que creíamos olvidadas. El farmacéutico de verdad te dice que no mezcles eso con lo otro, el de Google te vende la píldora mágica sin preguntar.
Luego está el tema de la «cibercondría», que es pasarse el día con el miedo metido en el cuerpo. Le das vueltas y vueltas a los síntomas y claro, acabas teniendo de todo. Es como cuando te duele la cabeza y en internet te sale desde que necesitas gafas hasta que es un tumor . Y te lo crees. Te pasas la noche en vela y al final vas al médico de verdad y te dice que es estrés. Pero claro, las palpitaciones de la ansiedad que te ha provocado la búsqueda ya te las has llevado puestas. El médico de familia, ese al que a veces tardan en darte cita, te saca de la duda en cinco minutos, pero nosotros preferimos la angustia de tres horas de búsqueda.
Pero ojo, no todo lo que hay en internet es basura. Si sabes mirar, hay sitios buenos. Las páginas que acaban en .gov, .edu o .org suelen ser más de fiar que las que acaban en .com, que solo quieren venderte algo . Las sociedades médicas de verdad o los hospitales grandes cuelgan información útil, pero a veces es tan técnica que no la entiendes . Y ahí está el truco. Si lo que lees es demasiado sencillo y te promete la cura definitiva para todo, desconfía. Si el artículo no tiene fecha o no dice quién lo firma, mejor cerrarlo. La información sanitaria de calidad caduca, como los yogures.
Al final, lo que hace Google es mostrarte un escaparate, pero no puede abrirte la puerta. Puedes ver los botes, leer los prospectos y hasta enterarte de efectos secundarios que el médico de cabecera ni te mencionó porque son rarísimos. Eso está bien, te da autonomía. Pero cuando tienes que decidir qué bote comprar o si mezclar el contenido de dos, necesitas a alguien que sepa de verdad . El farmacéutico de la esquina te conoce, sabe tus alergias y te dice las cosas claras. El algoritmo de Google solo sabe que gente con síntomas parecidos hizo clic en un enlace. No es lo mismo, ni de coña.