Ahora mismo la está pisando mucha gente, y te digo una cosa, no siempre para bien. Yo mismo la he usado para echar un cable a mi madre cuando el ordenador se le quedaba colgado, pero hay que ir con mil ojos. Resulta que, de un tiempo a esta parte, los estafadores la han puesto de moda. Hablan contigo por teléfono, se hacen pasar por técnicos de Microsoft y te engañan para que les des acceso a tu pantalla. Y tú, confiado, les abres la puerta de par en par. Te meten miedo con virus inventados y al final acabas pagando por un “soporte” que no existe.
Pero vayamos por partes, ¿qué es esto exactamente?
La asistencia rápida es una herramienta que viene con Windows 10 y 11. Es una aplicación de escritorio que permite que alguien, desde su casa, vea tu pantalla o incluso tome el control de tu ratón y teclado, si tú se lo permites. La idea era buena: ayudar a distancia sin tocar físicamente el ordenador. Tú, como el que necesita ayuda, ves todo lo que el otro hace en tu pantalla. Puede mover el cursor, abrir programas, lo que sea. Y tú en cualquier momento le puedes quitar el control.
Para usar Asistencia rápida, el que ayuda tiene que abrir la app quick assist y generar un código de seis números. Ese código caduca en 10 minutos, así que tiene que dárselo rápido a la persona que necesita ayuda. Esa persona, en su ordenador, abre también la asistencia rápida app, mete el código y le da a “Permitir”. Boom, ya están conectados.
¿Y tienes que descargar algo? Pues la asistencia rápida descargar no es algo de lo que te tengas que preocupar mucho. En teoría, ya viene instalada en Windows. Si por algún motivo no la tienes, la buscas en el menú Inicio o vas a la Microsoft Store. A veces en equipos de empresas o universidades no te dejan instalarla, por políticas de seguridad. También puedes usar el atajo de teclado Ctrl + Windows + Q para lanzarla rápido.
Las herramientas que tiene dentro molan, la verdad.
Cuando ya estás dentro de la sesión, no solo es ver la pantalla. El que ayuda tiene un puntero láser para señalar cosas, puede dibujar y hacer anotaciones en la pantalla del otro para explicar dónde tiene que hacer clic, y hasta hay un chat integrado para escribir sin hablar por teléfono. Si el ordenador de la persona que recibe ayuda tiene varios monitores, puedes elegir cuál ver. Es bastante completo para lo que es.
Ojo con la seguridad, que aquí está el meollo.
La conexión va cifrada por el puerto 443 (el típico del HTTPS). Microsoft dice que ellos no guardan lo que haces en la sesión, ni tus movimientos de ratón ni nada de eso. Solo almacenan cosas técnicas, como cuándo empezó y terminó la conexión, durante tres días como mucho. El problema no es que la app tenga agujeros, sino que la usan para timar.
De hecho, según una noticia que leí, Microsoft está detectando una burrada de intentos de conexión sospechosos cada día con Asistencia rápida windows. Tanto es así, que la propia empresa está recomendando a los usuarios que, si pueden, no la usen. Para empresas sugieren otra llamada “Remote Help”, pero esa no está disponible para el común de los mortales. La broma ha salido cara.
¿Y qué pasa si no te funciona?
A veces la quick assist app se puede atascar. Cosas que he visto que la gente hace:
- Ejecutarla como administrador.
- Desinstalarla y volver a instalarla desde “Características opcionales” en la Configuración de Windows.
- Asegurarte de que tienes instalado el “Microsoft Edge WebView2”, que es un componente que necesita. A veces se instala solo la primera vez que abres la aplicación.
También es importante que la hora y la fecha de tu ordenador estén bien configuradas, si no, puede dar problemas para conectar.
En resumidas cuentas:
La asistencia rápida es una herramienta la mar de útil si sabes con quién la usas. Para ayudar a familiares o amigos de toda confianza, va como un tiro. Pero se ha vuelto un arma de doble filo. Los estafadores la conocen bien y la usan sin piedad. Así que si alguna vez te llama un “técnico de Microsoft” que tú no has contactado, ni se te ocurra abrirle la asistencia rápida aplicación de escritorio.
Al final, es cuestión de sentido común. La tecnología está ahí, pero el eslabón más débil seguimos siendo las personas.