Me metí una vez en una fábrica de papel higiénico. Bueno, en realidad fue para visitar a un primo que trabaja ahí, no para ver cómo hacían los rollos de papel. Pero al final es lo que más me llamó la atención.
La primera idea que te quitan de la cabeza es lo de que talan bosques enteros. Según me contaron, no es así. La materia prima de papel higiénico suele ser la madera sobrante, las partes del árbol que no valen para muebles ni para tablas, como las puntas de las ramas y los recortes. Todo va a una máquina que le quita la corteza, y después el tronco limpio lo pican en astillitas.
La parte más rara es lo siguiente. Esas astillas se meten a cocer. Sí, como si fuera una olla gigante, pero con químicos y durante horas. La idea es separar la fibra buena de la «cola» natural de la madera, que le llaman lignina. Luego lavan todo eso, lo blanquean para que quede blanco y ya tienes una pasta húmeda que parece un puré muy aguado.
El proceso para hacer papel higienico, el normal, sigue ahí. Esa pasta se mezcla con agua y a veces con papel reciclado. La echan sobre una malla enorme que vibra para que se le vaya casi toda el agua y las fibras se vayan uniendo. Lo que queda lo pasan por unos rodillos calientes para secarlo del todo y luego una cuchilla raspa una capa finísima: ¡ya es papel! Lo van enrollando en un cilindro gigante que parece el tronco de un árbol, de ahí le ponen las perforaciones cuadradas y lo cortan en los rollos de papel que todos conocemos.
Pero hay otra historia. El papel higienico reciclado tiene un camino distinto. No empieza en el bosque, sino en contenedores azules. Recogen papel de oficina, revistas viejas, periódicos y lo llevan a una fábrica de papel. Allí lo trituran, lo mezclan con agua y productos para limpiarlo, y lo refinan hasta que también se convierte en una pulpa. El resto del viaje es casi igual: lo convierten en esos rollos gigantes y después los cortan a medida para llegar a tu hogar.
Lo que más me sorprendió fue la escala de todo. En una fábrica papel higienico de verdad no se hacen dos rollos. Se hacen miles a la vez, todo automatizado. Ves cómo la pulpa viaja por tuberías, cómo las máquinas enrollan y cortan sin parar. Esa producción de papel higienico es una bestialidad. Pensar en la cantidad de gente que usa papel de baño y que eso tiene que salir de ahí todos los días… te hace ver las cosas de otra manera.
Al final, la próxima vez que agarre un rollo, no voy a ver solo papel de baño. Voy a ver astillas de madera cocidas, o tal vez mi factura de la luz del año pasado hecha puré y transformada. Es un viaje raro el que hace la cosa más simple.