Preguntas y Respuestas

La Calabaza al horno, ¿es una receta rica?

La calabaza al horno tiene algo que no tiene ni hervida ni al vapor. Cuando la metés en el horno, algo cambia para siempre. No es solo que se ablande y se dore; es que se transforma químicamente. Lo que pasa ahí dentro, en ese calor seco, es una pequeña revolución de azúcares, proteínas y grasas que genera un montón de aromas nuevos que directamente te llegan al cerebro.

Hay estudios que se meten en ese lío. Por ejemplo, uno que analizó semillas de calabaza tostadas encontró que los compuestos que dan ese olor a «tostado» de verdad son unas cosas llamadas alquilpirazinas, que se forman específicamente durante el proceso de tostado o horneado a altas temperaturas. Esa reacción, la de Maillard, es la misma que dora un bistec o una corteza de pan. En la calabaza, los azúcares naturales (fructosa, sobre todo) se caramelizan y las proteínas se descomponen, y de ese choque salen cientos de moléculas volátiles que antes no estaban. Tu nariz las detecta al instante y manda una señal directa a las zonas del cerebro que procesan el placer y la memoria. Por eso huele a «recuerdo de otoño» y no solo a «vegetal cocido».

Otro detalle: ese mismo calor puede aumentar la cantidad de algunos compuestos beneficiosos. En semillas, se vio que tostarlas (a 160°C, por ejemplo) hacía que subiera el contenido de fenoles y flavonoides, lo que se traduce en más capacidad antioxidante. En la pulpa, el efecto no es idéntico, pero la concentración por la pérdida de agua y la transformación de los carotenoides (los que dan el color naranja) puede hacer que esos nutrientes sean más accesibles. Ojo, esto tiene un límite: si te pasás de temperatura o tiempo, en vez de caramelización tenés carbonización, y aparecen sabores amargos y hasta compuestos no tan deseables.

La textura es otra clave. Una calabaza bien horneada no se deshace; se vuelve mantecosa por dentro y con una piel casi crujiente. Eso pasa porque el calor seca la superficie rápidamente, formando una costra que atrapa la humedad interior. Esa humedad, convertida en vapor, cuece la pulpa desde adentro, concentrando los sabores. Si la cortás muy chica, se seca toda; si la dejás entera, tarda una eternidad. El punto justo suele ser en trozos grandes, con la piel hacia abajo, a unos 180-200°C. Así la superficie se dora pero el interior queda cremoso.

Al final, lo que la hace rica es esa combinación de química y sensación. El horno no solo cocina; construye sabor. Genera nuevos aromas que tu cerebro interpreta como «rico, complejo, reconfortante». Y lo hace de una manera que otras técnicas no logran. Por eso una calabaza hervida sabe a dieta, y una al horno sabe a festín.