Viajes y Excursiones

¿Qué ver en Asturias si hago una escapada?

De Oviedo me esperaba una capital, pero me encontré un cuento. Calles adoquinadas, plazas con personajes de bronce como Woody Allen y Mafalda, y la catedral que huele a historia vieja. Pero no me quedo solo ahí. El plan es subir al Naranco. Y no entiendo cómo a cuatro kilómetros del centro hay una iglesia del siglo IX, Santa María del Naranco, que parece de otro planeta. La subida es en sí un golpe de aire fresco, y cuando te das la vuelta y ves toda Oviedo ahí abajo, con los Picos de Europa al fondo un día claro… te paras a respirar hondo. Allí arriba el atardecer es otra cosa, una luz dorada que baña las piedras y te hace sentir una paz rara.

Al día siguiente, las prisas a la basura. Los Picos de Europa te lo piden a gritos. El destino: los Lagos de Covadonga. El viaje en coche ya es espectáculo, pero cuando llegas arriba, la cosa cambia. Son dos lagunas glaciares, el Enol y el Ercina, con el agua de un verde intenso que no parece real. Encajonadas entre montañas, con vacas pastando a sus anchas. Si vas con suerte y hay deshielo, aparece un tercer lago, el Bricial, que es como un invitado fantasma. Esa belleza es de las que te deja callado.

Bajando de los lagos, casi obligatorio parar en Covadonga. No hace falta ser creyente para sentirse pequeño en la Santa Cueva, con su virgen, “la Santina”, en una oquedad de la roca. Y ver la basílica de piedra rosada clavada en la montaña es una imagen que no se olvida. Aquí empezó la historia de este país, o al menos eso dicen. El ambiente es especial, de esos que pesan.

La costa es el tercer acto. Olvídate de playas de postal mediterráneas. Aquí es más bestia, más salvaje. Cudillero es el ejemplo perfecto. Un pueblo pesquero de esos de postal, con las casas de colores apelotonadas en anfiteatro mirando al mar. Lo mejor es perderse por las cuestas empinadas, llegar hasta algún mirador improvisado y ver cómo las barcas entran y salen. En el puerto huele a sal y a pescado fresco, y en las sidrerías se escucha el «glugluglú» del escanciado. La esencia total.

Si buscas un rincón más escondido, la Playa del Silencio es para valientes. Hay que andar un buen trecho y bajar bastantes escalones. Pero al llegar te das cuenta de por qué se llama así: una lengua de arena rodeada de acantilados altísimos, con el único sonido de las olas. No hay chiringuitos, solo tú y el Cantábrico. Eso sí, hay que ir con todo preparado, porque allí no hay nada. Es puro.

Si tienes tiempo, date una vuelta por Taramundi, ya casi en Galicia. Es otro mundo. Aquí todo gira en torno al agua que mueve molinos, a la pizarra de las casas y a las navajas que forjan los artesanos. Se respira tranquilidad, el ritmo lo marcan los ríos. Pasear por As Veigas, un valle escondido al que llegas por una carretera de curvas, te hace desconectar de verdad. Es la Asturias más rural y profunda.

Y de postre, la sidra. No la bebas, vívela. En un llagar, ver cómo prensan la manzana, cómo huele la barrica y, sobre todo, intentar escanciar sin empaparte la mitad es otra experiencia imprescindible. Si vas de septiembre a diciembre, el ambiente es aún más auténtico, en plena cosecha.

Así es esto: montañas que te empequeñecen, playas que te aíslan, pueblos con vida propia y gente que disfruta de las cosas simples. Vienes tres días y te llevas ganas de volver en cuanto empiezas a bajar los puertos de montaña de vuelta a casa.