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Ver Asturias en una escapada: 7 sitios de 2026 que te noquean

Post actualizado el día octubre 17, 2026 by DeiviSanzPlay

Si estás pensando en hacer una escapada a Asturias y no sabes por dónde empezar, te lo digo claro: olvídate de las listas típicas. Aquí lo que engancha es mezclar montaña, costa y pueblo con alma. Y en tres días te da tiempo a todo si no te lías con el GPS.

He estado varias veces y cada vez vuelvo con la sensación de que me falta algo por ver. Así que voy a contarte qué ver en Asturias en una escapada sin relleno, con lo que de verdad merece la pena y lo que puedes saltarte sin remordimientos.

Oviedo y el Naranco: el inicio perfecto

Oviedo no es solo una capital. Es una ciudad que se recorre andando y que te sorprende a cada paso. Calles empedradas, plazas con estatuas de bronce como la de Woody Allen o Mafalda, y una catedral que impone. Pero lo que mucha gente no sabe es que a solo cuatro kilómetros del centro hay una iglesia del siglo IX, Santa María del Naranco, que parece sacada de otro tiempo.

Subir al Naranco es un plan redondo. La carretera ya te da una panorámica brutal y, si el día está claro, ves los Picos de Europa al fondo. Allí arriba el atardecer es otra cosa: la luz dorada baña la piedra y te quedas en silencio. Es uno de esos rincones que deberías apuntar si te preguntas qué ver en Asturias en una escapada.

Picos de Europa: Lagos de Covadonga y Covadonga

Al día siguiente toca madrugar. Los Lagos de Covadonga son el plato fuerte. El acceso en coche está regulado en temporada alta, así que toca usar el autobús lanzadera desde Cangas de Onís o llegar muy temprano. Una vez arriba, el espectáculo es real: el Enol y el Ercina, dos lagunas glaciares de un verde intenso, con vacas pastando como si nada.

Si hay deshielo, aparece un tercer lago, el Bricial, que es como un invitado fantasma. Esa belleza es de las que te deja callado. Y bajando, casi obligatorio parar en Covadonga. No hace falta ser creyente para sentir algo en la Santa Cueva, con la Santina en una oquedad de la roca. La basílica de piedra rosada clavada en la montaña es una imagen que no se olvida. Aquí empezó la historia de este país, o al menos eso dicen.

Cudillero y la Playa del Silencio: costa brava asturiana

La costa asturiana no es la típica playa mediterránea. Es más salvaje, más bestia. Cudillero es el ejemplo perfecto: un pueblo pesquero con las casas de colores apelotonadas en anfiteatro mirando al mar. Lo mejor es perderse por las cuestas empinadas, llegar a un mirador improvisado y ver cómo las barcas entran y salen. En el puerto huele a sal y a pescado fresco, y en las sidrerías se escucha el glugluglú del escanciado.

Si buscas un rincón más escondido, la Playa del Silencio es para valientes. Hay que andar un buen trecho y bajar bastantes escalones. Pero al llegar entiendes el nombre: una lengua de arena rodeada de acantilados altísimos, con el único sonido de las olas. No hay chiringuitos, solo tú y el Cantábrico. Eso sí, ve con todo preparado porque allí no hay nada. Es puro.

Taramundi: la Asturias más rural y profunda

Si tienes tiempo, date una vuelta por Taramundi, ya casi en Galicia. Es otro mundo. Aquí todo gira en torno al agua que mueve molinos, a la pizarra de las casas y a las navajas que forjan los artesanos. Se respira tranquilidad, el ritmo lo marcan los ríos. Pasear por As Veigas, un valle escondido al que llegas por una carretera de curvas, te hace desconectar de verdad. Es la Asturias más rural y profunda.

La sidra: no la bebas, vívela

Y de postre, la sidra. No la bebas, vívela. En un llagar, ver cómo prensan la manzana, cómo huele la barrica y, sobre todo, intentar escanciar sin empaparte la mitad es otra experiencia imprescindible. Si vas de septiembre a diciembre, el ambiente es aún más auténtico, en plena cosecha. Es una de esas cosas que hacen que una escapada a Asturias sea diferente.

Así es esto: montañas que te empequeñecen, playas que te aíslan, pueblos con vida propia y gente que disfruta de las cosas simples. Vienes tres días y te llevas ganas de volver en cuanto empiezas a bajar los puertos de montaña de vuelta a casa.